El Bosque de los Difuntos

Iba a llover. El dolor en la rodilla no dejaba lugar a dudas. Si de algo se jactaba Fernando Fruela era de saber si iba a ser una tarde lluviosa o si, en cambio, se podría tomar el fresco en la puerta de casa. Por supuesto que Fernando consideraba que esta habilidad infalible no era la única en su repertorio: además de hombre del tiempo, Fernando era un gran jardinero y el enterrador de Soto de Campillos.

Desde que Fernando tuvo que hacer frente a la responsabilidad de dar descanso a los habitantes del pequeño pueblo castellano, su fama se había extendido por toda la comarca. La verdad es que no suele ser muy común que un sepulturero de una pequeña aldea se haga famoso, pero Fernando tenía algo que lo hacía único. Era esta fama la que hizo que Mónica Martínez condujera los 72 kilómetros desde la capital para hacer una entrevista al peculiar enterrador.

Era la hora de la comida, pero Mónica había dado buena cuenta de un sándwich en el camino. Será por eso que no hay ni un alma en la calle, se dijo. Caminó hacia la iglesia sin mucha prisa y vio a una mujer tendiendo la ropa en un patio. -Buenos días, señora, ¿me puede decir dónde puedo encontrar a Fernando Fruela?- preguntó Mónica. -Claro que sí, hija, a esta hora siempre está en el cementerio, saliendo del pueblo todo recto -respondió la señora, amable.

Mónica encontró a Fernando atareado cuidando de las plantas de la vereda de uno de los caminos, junto a un gran ciprés. Era un hombre de unos 70 años, vestido de forma austera y con la piel curtida por el sol. -Buenos días, ¿es usted Fernando Fruela? -preguntó Mónica. -A su servicio, señorita. ¿En qué la puedo ayudar? -respondió Fernando mientras dejaba la azada apoyada en el árbol. -Verá, Fernando, me gustaría hacerle una entrevista para el periódico El Inmediato, ¿lo conoce? -dijo Mónica. -¿Una entrevista? ¿A mí? Como usted quiera, señorita. En este oficio tenemos todo el tiempo del mundo, usted ya me entiende. Una leve llovizna comenzó a caer sobre Soto de Campillo. El viento transportaba un fresco olor a romero desde las eras cercanas al camposanto. Tres o cuatro chimeneas humeaban en el pueblo, que se preparaba para recibir un invierno del cual se comentaba que iba a ser de los más fríos de la década. -Vamos a la capilla, señorita. Allí estaremos resguardados. Ya sabía yo que iba a llover. La rodilla nunca me falla, ¿sabe usted? -dijo Fernando.

La capilla era un pequeño edificio románico de una sola nave, con pinta de haber estado ahí desde el inicio de los tiempos. El interior estaba iluminado por una serie de candelabros repartidos a lo largo de las paredes laterales. Se sentaron en uno de los bancos de la última fila. Un cristo tallado en madera oscura presidía la escena. Dos o tres beatas miraban con curiosidad. Mónica sacó una pequeña grabadora que llevaba en un bolsillo del abrigo y un cuadernito con anotaciones.

-Dígame, Fernando, ¿por qué decidió comenzar a plantar el Bosque de los Difuntos? -preguntó Mónica en voz muy baja.

-Verá, señorita, cuando padre murió, que Dios lo tenga en su Gloria, me heredó unas tierras cerca del pueblo. Habían sido de mi difunto tío Paco, y antes que eso fueron de mi abuelo. Pensé que sería bonito plantar una encina para recordar a mi padre. Aquí crecen muy bien. Mi padre era el enterrador antes que yo, ¿sabe usted? Yo me hice cargo de su trabajo, según me lo pidió el padre Braulio, el anterior párroco. Cuando se murió la señora Avelina, la del Matías, nos dio mucha pena a todos, entonces pensé que también se merecía un árbol. Y lo planté junto al de mi difunto padre. De esto hace ya casi 40 años.

-Y dígame, ¿cuántos árboles tiene su bosque, Fernando? -preguntó Mónica. -Pues habrá unos 200, uno arriba o abajo. El año pasado, un rayo partió el árbol del Jacinto, ¿sabe usted? Por suerte fue el único que se perdió, el resto aguantó el golpe.

-¡Vaya memoria tiene, Fernando! ¿Se acuerda de todos los árboles que ha plantado? -preguntó la reportera.

-Pues claro, cómo no me voy a acordar -respondió Fernando. Mónica parecía sorprendida por la capacidad de memoria del sepulturero.- Verá, señorita, no es nada raro. Es como cuando viene alguna visita de la ciudad, que no suelen venir más que para el Día de Todos los Santos. Ellos llegan y enseguida se acuerdan de dónde estaba la tumba de su abuela o la del tío. No preguntan a nadie ni nada. Pues esto es lo mismo, yo planto un árbol por cada uno de los que se van, así siempre van a estar ahí. De una forma u otra. Fíjese, señorita, hasta hay veces que los familiares me preguntan que dónde está el árbol de su pariente, para ir a visitarlo, ¿sabe?

-Dígame Fernando, ¿podríamos hacer una visita al Bosque? -preguntó Mónica.

-Claro que sí, señorita. Además ya casi ha escampado -respondió Fernando. -Esta lluvia viene muy bien para los campos, ¿sabe usted? Va a ser un invierno frío, no lo dude.

El Bosque de los Difuntos se extendía a lo largo de la ladera de una meseta baja, muy cercana al pueblo. Un riachuelo cristalino corría a sus pies.

-Esta agua es muy buena. No es como la de la ciudad, ¿sabe?- puntualizó Fernando, orgulloso.- En verano hay veces que no baja ni gota pero, a poco que llueva, ya puede uno venir a pescar. Un poco más abajo hay un embalse y suben las carpas. Mónica siguió con la vista el curso del riachuelo que terminaba en un embalse, no demasiado lejos. Una brisa fresca salía del Bosque y una mezcolanza de aromas la maravilló.

El Bosque era muy frondoso, con un pequeño sendero de tierra compacta que ascendía suavemente. -Vamos por el camino, le voy a enseñar el árbol de mi padre, casi al final -dijo Fernando. El sendero atravesaba el Bosque de lado a lado, dando una serie de giros. El sonido de varios pájaros alegraba el paseo.

-Fernando, ¿qué son esos retoños ahí en el suelo, sin plantar? -preguntó Mónica. -Esos son para los que se vayan yendo, que a veces no avisan, ¿sabe usted? -respondió Fernando. -¿Y no es un poco triste estar pendiente de la muerte? ¿No sería mejor plantar un árbol por los que nazcan? -preguntó Mónica tras una breve reflexión. -¿Es que no es lo mismo, señorita? Yo creo que los que se van ya poco pueden hacer en el mundo, pocos árboles van a plantar -respondió Fernando, muy seguro de sí mismo.- Yo creo que la vida y la muerte es todo un círculo, es la misma cosa. Siempre me dijeron que al morir el alma permanece, y me gusta pensar que se quedan aquí, en el Bosque, para descansar antes de irse al otro mundo. Mónica siempre había sospechado que no había vida después de la muerte, pero albergaba la esperanza de que quizá hubiera algo más. El viejo sepulturero sacó a Mónica de su reflexión: -¿Ha perdido usted a algún ser querido, señorita? -preguntó Fernando.

-Mi abuela murió hace dos años -dijo Mónica mientras pasaba la mano por la áspera corteza de un enorme pino. Sonrió con una sonrisa amarga. -Era muy buena, siempre cuidó muy bien de mí y de mi hermana. Me gusta pensar que a veces me puede ver. Le parecerá una tontería. -respondió Mónica con un hilo de voz. -La verdad es que no, no es ninguna tontería, señorita. Perdone la pregunta, no quería entrometerme. Pero pienso que si usted planta un árbol en homenaje a su abuela, puede ocuparse de él con el mismo esmero con el que ella se ocupó de usted. Cada rama y cada hoja que salgan le recordará que está cuidando de ella también, de alguna forma. -Mónica derramó una lágrima mientras escuchaba al viejo sepulturero. Puso una mano sobre el tronco de un abeto cercano. Era muy rugoso, no lo sintió frío al tacto. Con ternura recordó las arrugas de su abuela y cómo se juntaban todas ellas al sonreír. Lo hacía a menudo, quizá por eso tenía tantas, pensó. Ella no encontró tiempo para ir al cementerio a ver a su abuela, recordó con amargura. Quizá un árbol pudiera ser una forma más adecuada de recordar a una persona, pensaba.

-Mire señorita, ya hemos llegado- Fernando señaló con orgullo un gran árbol de grueso tronco. La copa, de un verde intenso, trazaba un círculo bajo el cual no crecía vegetación, ya que apenas llegaba nada de luz por el denso follaje. Una suave brisa meció las ramas y algunas bellotas cayeron al suelo. Fernando se agachó para recoger una de las bellotas y apenas pudo levantarse. Mónica lo ayudó a enderezarse y el viejo enterrador se apoyó en ella un momento. -Estoy ya muy viejo, me parece -dijo Fernando con una media sonrisa. Le dio la bellota a Mónica mientras decía: -El sábado pasado vine a recoger algo de leña y me encontré a una jabalina con las crías comiendo las bellotas del suelo. Seguro que a mi difunto padre le gustaría saber que los animales pueden alimentarse de su árbol. -Y dígame Fernando, ¿qué va a pasar con el Bosque de los Difuntos cuando falte usted? -preguntó Mónica visiblemente preocupada. -Pues no lo sé, la verdad. Nunca me junté con ninguna mujer ni tengo hijos. Así que se lo daré al ayuntamiento y que decidan. A mí me gustaría que siga aquí y que me planten un árbol a mí también. Pero bueno, yo eso ya no lo voy a ver. Ahora me han dicho que estos terrenos son buenos para hacer unos chalets, que hay un señor de la ciudad que los quiere comprar, pero a mí no me gustaría que se pierda el Bosque, ¿sabe usted? -Comprendo, sería una gran pérdida, la verdad. -Dijo Mónica con desasosiego. Gracias por su tiempo, Fernando, creo que con esto es suficiente. Mónica detuvo la grabación y la volvió a guardar en su abrigo. -Gracias a usted, señorita. Me alegra mucho que en la ciudad sepan acerca de este sitio. Mónica dejó al viejo enterrador en el bosque y se dispuso a volver al coche. Al salir del Bosque, una ligera llovizna volvió a caer sobre el pequeño pueblo castellano.