Corazon de calaveras

Antoine Delarue llegó a su casa, como cada tarde, a las 8.

Antoine vivía en una humilde edificación de dos plantas frente al cementerio de los Inocentes. El alquiler era muy barato gracias a eso y la verdad es que a Antoine nunca le importó demasiado. Para compensar la tristeza de la casa frente al cementerio, tenía las ventanas llenas de flores. Eran la comidilla de las vecinas, que más de una vez cuchicheaban a sus espaldas, envidiosas.

Había sido un día duro en el taller. En su trabajo de carpintero hacía muchas reparaciones de todo tipo, mesas, sillas, escritorios, divanes… Pero si algo abundaba en estos tiempos oscuros eran las reparaciones de puertas y ventanas. Marcel, su patrón, le mandaba al menos una vez al día a reparar y reforzar en la medida de lo posible alguna puerta elegante o las ventanas de alguna bonita casa. Era como si los parisinos se hubieran vuelto recelosos y desconfiados del vecino y estuvieran tratando de alejarse de sus semejantes.
Aún le arrancaba una sonrisa el recuerdo de aquella vez que reparó las ventanas de una bonita casa palaciega, cerca de los Jardines de Luxemburgo. El señor de la casa fue sorprendido por su esposa mientras estaba con su amante, un chico que no tendría más de 18 años. Se montó un buen escándalo ya que era un reputado ministro y muy considerado por Su Majestad, Luis XV.

Nada más llegar a casa, subió con visible fatiga los 26 peldaños que le separaban de su habitación, saltando el decimotercero, nunca se sabe. Había sido un día duro, muchos clientes y algunas reparaciones urgentes lo habían dejado rendido. Apenas le dio tiempo a ver la luna llena cerca del horizonte, pensó, antes de dormir, que le recordaba a un buen queso.

A eso de la medianoche, un estruendo similar a un temblor de tierra sobresaltó a Antoine, que comenzó a percibir como un fétido olor se colaba en la habitación. A oscuras, tan solo acompañado por la refulgente luna llena, se dispuso a bajar a la planta baja.
Una vez frente a la escalera del sótano, se hizo con uno de los candiles que guardaba cerca y lo prendió. Comenzó a bajar las escaleras del sótano cuando se escuchó un segundo sonido, sordo, como de madera podrida resquebrajándose, acompañado a su vez de un ruido similar al de una fuente borboteante.
El olor era ya insoportable. Un olor rancio, a descomposición. Era el olor de la muerte, se había metido en su casa. Una vez abajo, la débil luz de la lámpara iluminó la estancia. Vio con estupor como uno de los muros se había derrumbado dejando entrar una decena de cadáveres en descomposición en lo que antes era su bodega. Era ésa cara, la cara de la muerte mirándole a los ojos, lo que quebró la cordura de Antoine.
Las muecas desencajadas, casi burlonas, en esos rostros putrefactos y marrones de tierra fueron demasiado para el cansado corazón del carpintero que una vez vivió en el París de 1774.