El Restaurante

-Muy bien Raúl, hemos podido publicar la novela a tiempo y he cumplido mi palabra yo también. He logrado reservaros una mesa a Julia y a ti en Orfebrería. -Dijo Marco. Marco era el editor de Raúl Rey, una joven promesa de la novela de ficción. -¿En serio? Guau! -Exclamó Raúl. -¿Cómo lo has conseguido? Es un sitio con una lista de espera de varios meses. -Dijo Raúl.
-Verás chavalín, a mis años, ya casi todo el mundo me debe favores, ¿sabes?
Tienes que estar ahí a las dos. Si tardáis, no van a guardaros la mesa, así que sed puntuales. -Respondió Marco.

Raúl se sintió un poco fuera de lugar nada más cruzar la puerta del restaurante. El interior era de un color dorado brillante, decorado con modernidad y minimalismo. Su luminoso interior estaba ocupado por falsas columnas, de un color dorado brillante,
que servían para generar la separación entre comensales mediante biombos colocados aquí y allá. El restaurante había sido inaugurado algunos años atrás sin mucho éxito, recordó Raúl. Sin embargo, el golpe de suerte vino cuando un famoso cocinero de la televisión fue visto comiendo allí. -Si es bueno para él, debe ser un gran restaurante. -Pensó la población. Era ya imposible conseguir mesa para comer entre semana, por no hablar de reservar para poder cenar un viernes o un sábado.

Se decía de Orfebrería (pues así se llamaba el restaurante) que su clientela era de lo más granado de la sociedad desde este golpe de fama. Diseñadores de prestigio, deportistas, empresarios, ejecutivos… Todos los que se podían permitir el exclusivo precio pasaban tarde o temprano por allí. Una de las cosas que diferenciaban a Orfebrería del resto de restaurantes de renombre, era que aquí no había servicio en las mesas como tal, sino que el cliente elegía los manjares que deseaba de entre una larga hilera de platos expuestos en un mostrador y te los llevabas a tu mesa en una elegante bandeja dorada. De camino a tu mesa, podías recoger los cubiertos y tu servilleta, todo en un elegante color dorado.

-Te digo que tengo mesa! A nombre de María Luisa de San Román! Por favor, cuánta incompetencia! -Exclamaba una señora envuelta en un abrigo de pieles desde el cuello hasta los tobillos. Una joven empleada trataba de calmar los ánimos de la cliente. La empleada llamó al encargado del restaurante, que tras disculparse una y mil veces, indicó a la impertinente señora que podía sentarse en la mesa 14. Los siguientes clientes en ser recibidos, Raúl y Julia, se colocaron delante de la zona de recepción y se dirigieron a la chica con una sonrisa.
-No tenía reserva, ¿saben? Disculpen el lamentable espectáculo. -La joven empleada se había puesto visiblemente ruborizada. Su elegante ropa dorada no era capaz de esconder el sudor que se había formado en sus axilas. Movía un bolígrafo (también dorado, con el logo del restaurante), de un lado para otro.

-Disculpen pero estamos a mil, ¿tienen ustedes mesa reservada?
-Si, a nombre de Marco Falato. Para dos.
-Su mesa es la 13, pueden ir a sentarse en cuanto deseen. Vayan eligiendo sus platos del mostrador, si son tan amables. -Respondió la chica. Había recuperado su color natural y ya no jugaba con el bolígrafo, que había dejado a un lado. -Cariño, vete eligiendo algo para los dos que ya sabes que a mi me da igual y en realidad me gusta todo. Voy al baño. -Raúl se despidió con un beso y preguntó a uno de los atareados camareros por los servicios. Julia comenzó a observar la larga hilera de platos, colocados a diferentes niveles en el elegante mostrador de madera oscura. Todo tenía un aspecto similar al de las revistas de cocina más vanguardistas, no era fácil elegir.

Raúl cerró tras de sí la pesada puerta del baño, metálica y dorada. El inodoro, también de color dorado, estaba inmaculado. Una fresca fragancia mediterránea ambientaba la estancia. Una vez hubo terminado, se lavó bien las manos en una especie de cascada que caía sobre un lavabo que no parecía ser más que una bandeja dorada. Salió del baño y se encontró de frente con la señora del abrigo de pieles, que hizo una mueca de disgusto al toparse de frente con Raúl. Algo debió de colarse en las fosas nasales de Raúl que no pudo evitar un sonoro y repentino estornudo sobre la bandeja de la señora del abrigo de pieles.

-Lo siento, señora. Ha sido repentino, no pude controlarlo. -Dijo Raúl, ruborizado. La señora del abrigo de pieles abrió mucho los ojos y agarró con mucha fuerza la bandeja, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Abrió mucho los ojos y una vena palpitaba con furia en su frente arrugada. Raúl pensó que esta señora olía especialmente mal, como a pescado frito desde hace una semana. -¡Pero qué has hecho malnacido! ¡Mi comida! ¡Delante de todos! -Gritó la señora del abrigo de pieles. Con cada grito se escapaba toda una lluvia de saliva de forma descontrolada. La señora del abrigo de pieles dejó la bandeja con desdén en la mesa de dos señores trajeados. Comenzó a agarrar con fuerza el cuchillo de carne, con los nudillos blancos.

-Seguro que eres idiota, si, ¡debe ser eso! ¡Un idiota hijo de puta! ¿Es que no sabes quién soy yo? -Dijo la señora. -Señora eso no se lo consiento, no me falte al respeto, cálmese. -Respondió Raúl. -Vete y cámbiame los platos, !maldito idiota! ¿Es que no me oyes? !Vamos! -Exclamó la señora amenazando a Raúl con el cuchillo, dorado y brillante.

-Es usted una maleducada. No voy a cambiarle los platos hasta que se disculpe conmigo. -Dijo Raúl. -Maldito anormal, te voy a enseñar a no dejarme en ridículo. La señora se abalanzó sobre Raúl acuchillándolo en repetidas ocasiones. Raúl apenas tuvo tiempo a defenderse y la señora le clavó el cuchillo en el corazón. Una gran mancha carmesí en la moqueta dorada se formó en cuestión de segundos. Después de esto, el restaurante ya nunca volvió a abrir.